Mundo ficciónIniciar sesiónLa morgue no era un lugar para los que necesitaban consuelo.
Era un espacio diseñado para despojar a la muerte de cualquier épica, reducirla a peso, temperatura y olor. Un territorio donde el silencio no era respeto, sino método.Stepfanny lo agradecía.
Allí, nadie fingía.La mañana siguiente, el aire en la facultad estaba impregnado de rumores. Stepfanny caminaba entre pasillos abarrotados de estudiantes que comentaban, especulaban, exageraban. Aun así, ella mantenía su expresión imperturbable. Solo su mente seguía trabajando en lo que había visto la noche anterior.
Mientras caminaba por los pasillos, notó algo sutil pero insistente: la gente hablaba más bajo. No era miedo abierto, sino cautela. Como si el cuerpo supiera antes que la mente que algo había cambiado.
Ella avanzaba con los hombros rectos, la libreta apretada contra el pecho. No sentía temor; sentía expectativa.
Y eso la inquietaba más que cualquier sobresalto.Al llegar a clase, buscó con la mirada a Andrei. Él ya estaba allí, con ese gesto severo que siempre mostraba, aunque sus ojos se suavizaron apenas al encontrarse con los de ella.
Cuando sus miradas se cruzaron, Stepfanny supo que Andrei tampoco había descansado.
No lo delataban las ojeras ni el gesto severo, sino una rigidez mínima en el cuello, una alerta contenida que ella había aprendido a reconocer en sí misma.No era cansancio.
Era preparación.—¿Dormiste bien? —preguntó él, en un tono aparentemente neutro.
—Más o menos —respondió Stepfanny, con una leve sonrisa—. Digamos que tuve sueños… intensos.
Andrei la sostuvo con la mirada un segundo más de lo debido. Sintió la tentación de preguntar qué tipo de sueños habían sido, pero optó por callar. En cambio, cambió el rumbo con naturalidad:
—Antes de ir a la morgue, ¿quieres desayunar conmigo? Será un día largo.Ella dudó apenas, pero asintió. Esa invitación, tan sencilla, le ofrecía un respiro antes de enfrentarse a lo que realmente deseaba ver.
En una pequeña cafetería cercana, entre tazas de café humeante y el murmullo de los demás estudiantes, hablaron más relajados. Andrei intentó acercarse, dejar entrever su interés en ella con frases cálidas, mientras Stepfanny, aunque sonreía y respondía, nunca se apartaba de su objetivo principal: el cuerpo.
Aun así, entre las palabras técnicas y los comentarios sobre el caso, había un trasfondo de atracción que ninguno podía ignorar.
La morgue los recibió con su aire helado, impregnado de desinfectante y silencio. Las luces blancas iluminaban con crudeza los cuerpos bajo las sábanas metálicas.
El frío se le metió en las muñecas apenas cruzó la puerta, como una advertencia. Las luces blancas no concedían sombras; todo estaba expuesto, incluso lo que uno preferiría no ver.
Stepfanny respiró hondo.
Ese olor —desinfectante, metal, algo más profundo— no le provocaba rechazo. Le provocaba enfoque. Allí, su mente se ordenaba con una precisión casi religiosa.Stepfanny respiró hondo y se puso los guantes con manos temblorosas, no por miedo, sino por la mezcla de expectativa y deseo de conocimiento.
Ese día había escogido su ropa con una atención poco habitual en ella.
No se había vestido para provocar, pero tampoco para esconderse. Había elegido prendas que le permitieran sentirse presente en su propio cuerpo, algo que no siempre lograba en espacios compartidos.
La bata blanca no la despersonalizaba; la armaba.
Y Andrei, al verla entrar, lo entendió con una claridad incómoda.Llevaba un top negro ceñido bajo la bata blanca, que se ajustaba a su figura sin ocultarla del todo, y unos jeans oscuros que marcaban sus caderas.
No era provocación consciente, pero había en su elección un leve eco de lo que había sentido la tarde anterior, un deseo reprimido de llamar la atención de Andrei sin admitirlo.
Él, en cambio, vestía con formalidad contenida: camisa clara, corbata floja y el delantal clínico encima, que acentuaba su porte sobrio.
Aun así, al verla entrar, sus ojos se demoraron un instante en su silueta, en la forma en que la bata de ella se abría apenas al caminar.
—Debo decirte, Steffi —murmuró mientras ajustaba los guantes—, que incluso con esa bata logras distraer más que cualquiera de mis estudiantes.
Ella lo miró de reojo, intentando disimular la sonrisa que se le escapaba.
—¿No debería estar concentrado en el cadáver, profesor?Andrei sostuvo la mirada un instante más, con un brillo de picardía que desentonaba con la frialdad del lugar.
—Créeme, lo estoy. Pero sería un crimen no reconocer lo evidente.El halago quedó suspendido en el aire helado de la morgue, cargando la atmósfera con un calor extraño y anticipatorio.
Hubo un segundo suspendido antes de descubrir el cuerpo.
No era expectativa morbosa; era respeto por el umbral. Stepfanny siempre sentía ese breve silencio interior antes de mirar de frente a la muerte, como si el cuerpo pidiera permiso para observar a otro cuerpo que ya no podía defenderse.
Andrei notó ese gesto. No todos lo tenían.
Andrei retiró la sábana lentamente. —Aquí está. La palidez no era lo más inquietante. Era la ausencia.
La piel parecía haber sido vaciada con cuidado, como si la vida no se hubiera ido de golpe, sino retirada en capas. Stepfanny recorrió el cuello con la mirada, siguiendo el trazo irregular de la herida, y sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
Aquello no hablaba de furia. Hablaba de control.
El cuerpo claramente era de un vagabundo, tenía muchas heridas propias de la vida en la calle, pero a Steffi le llamó mucho la atención la palidez del cuerpo, situación que solo produjo mayor certeza de lo que ella estaba imaginando.
—Andrei, ¿no cree que el cuerpo está demasiado pálido? Da la sensación que perdió mucha más sangre de la que debería. ¿Qué indicó la autopsia al respecto?
Él se cruzó de brazos, sin apartar la mirada del cadáver.
—No he visto el informe detallado, pero con una herida en el cuello de ese tipo, es normal que se desangrara.La explicación era aceptable, pero para ella no era suficiente. Tenía la sensación de que había algo más, algo que la seguía inquietando. Recorrió con la vista cada centímetro de la piel, exhaustivamente, buscando alguna señal que le ayudara a confirmar su sospecha.
—¿Qué buscas con tanto detenimiento? —preguntó Andrei, acercándose.
Buscaba coherencia. Y no la encontraba.
Cada centímetro observado sumaba preguntas en lugar de respuestas. No era ignorancia lo que la inquietaba, sino la sensación de que alguien había querido ocultar la verdad dentro de lo evidente. Andrei se acercó más de lo necesario.
No por deseo —o no solo por deseo—, sino por una vigilancia casi instintiva. Como si temiera lo que ella pudiera descubrir si miraba un segundo más.
—No, nada… solo aprovecho que estamos solos y puedo ver con más calma todos los detalles. Normalmente siempre estoy con los demás estudiantes y eso me impide mirar con más atención.
Él la observó un momento, y con una media sonrisa dejó escapar una frase que sonó cargada de algo más:
—Pues si quieres, yo podría ayudarte con tu materia de anatomía en forma más privada…El silencio cayó de golpe. Andrei se dio cuenta de inmediato del matiz en su voz.
—Disculpa, Steffi… creo que eso sonó de una manera muy distinta a lo que quise decir.Mientras lo decía, colocó suavemente su mano sobre el brazo de ella y la miró fijamente a los ojos. Entre lo que dijo, la mirada y el contacto de su mano, Steffi sintió cómo su piel se erizaba; sus pezones se endurecieron instantáneamente y se quedó sosteniendo esa mirada durante unos segundos que parecieron eternos.
El ambiente se llenó de erotismo.
Andrei comprendió que no le era indiferente y, aunque no había planeado ese momento, lo aprovechó. La atrajo más cerca, su mirada bajó a los labios de ella. Lentamente fue acortando la distancia, dándole tiempo para apartarse… pero eso no sucedió.
Primero rozó sus labios con timidez, apenas un contacto, antes de besarlos con más pasión y deseo. Steffi solo se dejó llevar. No pensaba en nada, solo disfrutaba de la sensación: un torbellino que nunca antes había sentido. No se quedó pasiva, devolvió el beso con ardor, como si supiera instintivamente cómo hacerlo.
Los besos pronto se transformaron en caricias, la excitación creciendo entre ambos. Andrei recorrió con sus manos el contorno de su cuerpo, despertando en ella un fuego que no podía resistir. Pero en un momento de lucidez, Steffi logró detenerlo y apartarse.
Cuando se separaron, el silencio no volvió a ser neutro.
Había algo irrecuperable en el aire, una línea cruzada que no podía borrarse con profesionalismo ni disculpas.Stepfanny lo supo al ajustar la bata. Andrei lo supo al apartar la mirada.
Nada había pasado… y, sin embargo, todo había cambiado.
—Lo siento… no puedo hacerlo.
—Perdóname, Steffi —susurró él, todavía con la respiración agitada—. No quise sobrepasarme contigo, solo me dejé llevar.
Ella negó suavemente con la cabeza. —No te disculpes. Solo… no puedo hacerlo ahora, y menos aún en este lugar.
Andrei respiró hondo, intentando recomponerse.
—Sí, entiendo. Igual es mejor que volvamos, ya viste lo que querías.—Está bien… aunque quisiera repasar contigo algunas cosas que me inquietan de este caso.
No me malinterpretes, pero podríamos reunirnos en mi cuarto más tarde. Hay algo que quiero mostrarte. Necesitaba confiarle a alguien lo que estaba pensando, y la única persona que le daba confianza era Andrei. Había decidido contarle su teoría, aunque temía que la tomara por loca.
Por su mente ya no solo pasaba la idea de algo sobrenatural; ahora también estaba la sensación de deseo que ese beso le había dejado. Por breves momentos, su mundo se detuvo, haciéndola olvidar de todo lo demás.
En el fondo reconocía que estaba sintiendo algo especial por su profesor, y quería esconderlo a toda costa. Su objetivo en la vida no incluía el romance; no se sentía capaz de aceptar que alguien más entrara en su mundo.
Durante el resto de la mañana, cada uno continuó con sus labores habituales, aunque sus pensamientos seguían en lo sucedido en la morgue.Por su parte, Andrei había bajado la guardia respecto al cuerpo encontrado.
Quería convencerse de que era solo algo fortuito y que la muerte del vagabundo se debía, tal como señalaba el informe oficial, al ataque de un animal salvaje.
Pero su mente estaba ocupada en algo más atractivo y emocionante: el beso había abierto la puerta a una posibilidad con la que soñaba desde que conoció a Fanny. Lo que más lo entusiasmaba era sentir que ella le había correspondido.
Era su gran oportunidad de avanzar con ella, y estaba ansioso por el encuentro que tendrían al final del día, lleno de expectativas. Lo que no imaginaba era que, en ese mismo instante, en un lugar no muy lejano, algo sucedía que cambiaría todos sus planes, y quizás incluso su propia vida.
La historia del vagabundo no quedaba enterrada en la morgue. Con cada recuerdo de aquel cuerpo pálido, se abría un eco más grande: la sombra de un mito que llevaba siglos persiguiendo a la humanidad.
A lo largo de los siglos, el mito del vampiro ha ido evolucionando hasta convertirse en un pilar de la cultura gótica moderna y en un símbolo de escalofriante fascinación, una amenaza espectral convertida en una criatura compleja que refleja los miedos y deseos más profundos de la naturaleza humana… Esta figura envuelta en peligro y misterio personifica el delicado equilibrio entre la vida y la muerte.
Al salir de la morgue, el sol le golpeó el rostro con una violencia casi obscena. El contraste le resultó insoportable: demasiada luz para lo que acababa de ver.
La ciudad seguía viva, ajena, pero Stepfanny caminaba con la certeza de que algo se había abierto bajo sus pies.
No un peligro inmediato, sino un descenso lento y deliberado.
El cuerpo del vagabundo no era una anomalía.
Era un mensaje.
Y el beso —ese error delicioso, humano— no había sido una distracción, sino otra forma de advertencia: su cuerpo ya estaba reaccionando antes que su razón.
Desde algún lugar que no podía ver, algo observaba con paciencia.
La morgue había sido solo el primer contacto.
Lo que venía después no pediría permiso.







