El departamento estaba en penumbra.
Las cortinas pesadas apenas dejaban filtrar una franja de luz que atravesaba el polvo suspendido en el aire.
Todo olía a hierro, a vino derramado, a tiempo detenido.
Fanny entró sin tocar. La puerta cedió con un crujido, como si reconociera su paso.
Michel estaba allí, de espaldas, frente a la ventana. La luz gris del amanecer dibujaba el contorno de su cuerpo, quieto, expectante.
—Sabía que vendrías —dijo sin volverse.
—No por ti —respondió ella, aunque la v