La noche había cambiado. El aire olía a óxido y a resignación.
Andréi caminaba sin rumbo fijo, las manos en los bolsillos, la cabeza baja. No sabía si buscaba esconderse del mundo o de sí mismo.
Llegó a un descampado, un lugar olvidado junto al río, donde las fábricas dormían bajo un cielo sin luna. Las luces lejanas de la ciudad parecían fantasmas observando desde otra dimensión.
Allí lo esperaba Lucien.
De pie, con el abrigo roto y la mirada encendida, parecía una sombra hecha de odio.
—Sabía