Capítulo 3 – Ecos de lo prohibido

El miedo no llegó de golpe. Se filtró.

Primero fue un comentario aislado, luego una advertencia dicha en voz baja, después una historia repetida con pequeñas variaciones. La ciudad no despertó alarmada; despertó suspicaz. Como si algo invisible se hubiera instalado en el aire caliente y nadie supiera aún cómo nombrarlo.

Un solo muerto no hacía una masacre.

Pero bastaba para romper la ilusión de normalidad.

El eco del ataque seguía resonando en la ciudad. Solo había habido una víctima, un vagabundo olvidado por todos, pero la ausencia de explicaciones oficiales abría un vacío imposible de llenar.

Los rumores no eran solo palabras: eran una forma de defensa. Cada versión ofrecía una distancia segura entre la gente y la idea de que el peligro no tenía explicación.

Un animal salvaje era controlable.

Una pandilla, combatible.

Un ritual extraño, ridiculizable.

Lo verdaderamente aterrador —lo que nadie se atrevía a decir en voz alta— era la posibilidad de que no hubiera lógica humana detrás de la muerte. Que algo antiguo, paciente, hubiera vuelto a moverse sin anunciarse.

Y la ciudad, supersticiosa por naturaleza, lo intuía.

En ese vacío, crecían los rumores como maleza: algunos hablaban de un perro salvaje que se había escapado de una finca, otros susurraban sobre pandillas que practicaban rituales oscuros. Había quienes aseguraban que la policía lo sabía todo y lo ocultaba para evitar el pánico.

En la universidad, los pasillos se llenaban de especulaciones. Los estudiantes repetían las historias con morbo, exagerándolas con cada versión, mientras reían nerviosos para ocultar el miedo real que sentían.

La universidad no era un refugio del mundo exterior; era un amplificador.

Los pasillos repetían los rumores con una mezcla de morbo y nerviosismo. Los estudiantes se reían fuerte, exageraban gestos, se burlaban de las teorías más oscuras… pero nadie caminaba solo de noche sin mirar atrás.

Stepfanny escuchaba sin intervenir.

No porque no tuviera opinión, sino porque había aprendido que la verdad suele ser rechazada cuando llega demasiado pronto.

Ella no tenía pruebas.

Pero tenía memoria visual.

Y eso, para alguien como ella, era suficiente para inquietarse.

Stepfanny escuchaba todo en silencio. Ella había visto lo suficiente como para saber que no era un simple ataque animal, pero no podía permitirse sonar ingenua ni histérica. Si quería respuestas, debía ser cuidadosa.

No era solo curiosidad lo que la empujaba. Era una incomodidad persistente, una sensación de desajuste entre lo que se decía y lo que ella había visto.

La herida.

La palidez.

La forma en que Andrei había terminado la clase.

Stepfanny no confiaba en coincidencias. Nunca lo había hecho.

Si algo no encajaba, insistía hasta encontrar la fisura.

Y Andrei era, en ese momento, la fisura más evidente.

Ese mismo día, decidió buscar a Andrei en su oficina. Había ensayado mentalmente las palabras, ajustando cada una para que sonara lógica, seria, como el pedido de una estudiante comprometida con el estudio y no como la obsesión de una joven ansiosa.

La oficina estaba en un rincón apartado de la facultad, con una puerta de madera clara que chirriaba al abrirse. Al entrar, Stepfanny se detuvo un instante. El lugar tenía justo el ambiente que le gustaba: sencillo, acogedor, impregnado de un orden desordenado.

La oficina le resultó extrañamente familiar. No por el mobiliario, sino por la sensación de encierro voluntario.

Había visto ese tipo de espacios antes: lugares donde alguien intenta imponer orden a un pasado que se resiste a ser archivado.

Los libros no estaban ahí solo por estudio.

Estaban como barrera.

Como si el conocimiento pudiera contener algo más.

Y Andrei, sentado detrás del escritorio, parecía formar parte del mobiliario: correcto, contenido, vigilante.

Había libros apilados en estantes y en el suelo, hojas sueltas con anotaciones, un aroma a café que aún flotaba en el aire. La luz cálida de un flexo iluminaba la mesa llena de papeles, y en la pared colgaban láminas anatómicas gastadas por el tiempo.

Ese lugar, intelectual y silencioso, la envolvió con una calma extraña, como si fuera un refugio que podía haber sido suyo.

Andrei levantó la vista de unos apuntes y la recibió con un gesto serio.

—¿Qué necesitas, Stepfanny?

Ella dudó un instante antes de hablar. No podía ser demasiado frontal.

—Profesor… estuve pensando en lo que pasó con el vagabundo. En clase, la manera en que usted cortó todo tan rápido… me pareció extraño.

Él entrecerró los ojos, incómodo.

—Era lo correcto. No era una escena para estudiantes.

—Lo entiendo —dijo ella, con cuidado, midiendo cada palabra—. Pero… también siento que había cosas que no se dijeron. Los comentarios de los demás no me cuadran con lo que vi.

Stepfanny se inclinó un poco hacia adelante, con voz más baja.

—No son solo rumores. Yo lo vi. Había detalles que… no parecen de un ataque animal.

El movimiento la acercó un poco más a la mesa. Llevaba una blusa clara que dejaba entrever la forma de sus tetas bajo la tela ligera, y un jean ajustado que resaltaba la línea de sus caderas y la curva firme de sus muslos.

Era un atuendo común, nada provocador en apariencia, pero en ella se volvía hipnótico. La juventud se le notaba en la piel tersa, en la frescura de sus gestos, y eso a Andrei lo desarmaba más de lo que quería admitir.

Por un momento olvidó que era su alumna. La miró como hombre, con deseo. Tragó saliva, y en vez de responder a su comentario sobre el cadáver, las palabras que le salieron fueron otras, cargadas de un tono íntimo que lo traicionaba:

—¿Sabes lo difícil que es concentrarse contigo vestida así? —dijo en voz baja, casi como un suspiro, con una sonrisa leve en la comisura de los labios.

La frase cayó entre ellos como un objeto mal colocado. No era una confesión romántica ni una provocación consciente; era un desliz.

Y los deslices, Stepfanny lo sabía, suelen decir más que los discursos preparados.

No se sintió halagada.

Se sintió observada.

Por un segundo, la pregunta cambió de forma en su mente: ya no era solo qué pasó con el cuerpo, sino quién era realmente Andrei cuando dejaba de actuar.

Stepfanny lo miró sorprendida, y en sus mejillas apareció un rubor repentino. No sabía si había sido un halago o una confesión peligrosa, pero la intensidad en los ojos de Andrei no dejaba dudas.

Ella carraspeó, intentando recuperar la seriedad.

—Profesor… no vine a hablar de eso. Lo que quiero saber es qué ocurrió realmente.

Él se reclinó en la silla, frotándose la frente como si quisiera sacudirse de encima lo que acababa de decir.

—Eso no significa que debas meterte en asuntos que no te corresponden.

—No lo digo por curiosidad —añadió rápido ella—. No quiero ser parte de chismes. Pero usted sabe que estoy en Medicina Forense.

Ese cuerpo es una oportunidad única de aprendizaje. No es teoría, es práctica real. Si pudiera observarlo de nuevo, aunque fuera unos minutos, podría tomar notas y contrastar con lo que estudiamos.

Andrei la observó en silencio, como si midiera cada intención detrás de sus palabras. Finalmente negó despacio con la cabeza.

—Ese no es un camino para ti. No aún. Y menos con este caso.

—Entonces… ¿usted también cree que hay algo raro? —susurró, probando su reacción.

Él apartó la mirada, fingiendo volver a los papeles sobre la mesa.

—No es asunto tuyo, Stepfanny. Concéntrate en tus estudios.

Ella no insistió de inmediato. Guardó silencio, como si aceptara la respuesta. Pero cuando se levantó para marcharse, se volvió hacia él con voz firme:

—No me va a convencer tan fácil. Si de verdad no hay nada que ocultar, déjeme verlo. Solo una vez.

Andrei la miró con dureza, luchando consigo mismo. No quería arrastrarla a lo que intuía, pero sabía que si la rechazaba seguiría buscando, y eso sería aún más peligroso. Tras un largo silencio, suspiró y asintió apenas.

—Está bien. Mañana en la morgue. Pero será bajo mis reglas, y verás lo que yo decida mostrarte.

Stepfanny sonrió apenas, satisfecha.

—Con eso me basta.

El silencio se prolongó. Y en ese espacio, la tensión cambió de forma.

Sus manos se rozaron al mismo tiempo sobre la mesa, un contacto mínimo, pero que la electrizó hasta la raíz del cuerpo. No hubo retiro inmediato; por el contrario, permanecieron así, con la piel encendida, atrapados en un instante que parecía al borde de romperse en algo más.

El aire estaba tan cargado que Stepfanny pensó que él iba a besarla. Y aunque su mente decía que aún era solo su profesor, su cuerpo temblaba con la expectativa.

Entonces, un golpe seco en la ventana quebró el hechizo.

El silencio que siguió fue espeso. No incómodo, sino expectante.

Sus manos seguían cerca, demasiado cerca para que el gesto fuera accidental. El aire parecía cargado de electricidad, como si algo estuviera a punto de romperse.

Stepfanny pensó —con una claridad que la sorprendió— que no estaba jugando con fuego humano.

Había otra temperatura allí.

Algo más antiguo.

Más atento.

Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo. Vieron apenas una sombra moverse afuera, fugaz, como si alguien —o algo— los hubiese estado observando.

No fue el miedo lo que la recorrió. Fue una certeza breve y filosa: no estaban solos.

La sombra no se comportó como alguien que huye. Fue demasiado limpia, demasiado silenciosa. Como si solo hubiera querido confirmar algo antes de retirarse.

Andrei lo sintió también. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, tensándose con una memoria muscular que creía enterrada.

Aquello no era casualidad.

Era vigilancia.

Andrei se levantó de inmediato, corriendo la cortina, pero no encontró a nadie. El pasillo exterior estaba vacío. Volvió a mirar a Stepfanny, que seguía rígida en la silla, con el corazón desbocado.

El momento se había desvanecido, pero lo que había quedado en el aire era aún más poderoso: la certeza de que no estaban solos, ni dentro ni fuera de esa oficina.

Esa noche, cuando Stepfanny volvió a su cuarto, la ciudad le pareció distinta. Los sonidos habituales —música, risas, motores— tenían un trasfondo nuevo, como si algo se hubiera desplazado apenas fuera de foco.

Se desnudó con lentitud, intentando ordenar pensamientos que no obedecían.

Andrei.

El cuerpo.

La sombra.

Tres imágenes que no querían separarse.

Y cuando el sueño llegó, no fue descanso.

Fue continuación.

Stepfanny volvió a soñar. Esta vez no comenzó en un pasillo vacío, sino en un cuarto oscuro que no reconocía. Y allí estaban ellos: Andrei, con la misma intensidad de siempre, su cuerpo contra el de ella, sus labios apoderándose de los suyos. Pero junto a él, más claro que antes, estaba el otro. Esa figura difusa que crecía con cada sueño.

El desconocido la sujetaba con una brutalidad que la asustaba y la excitaba al mismo tiempo. No lograba verle el rostro, pero la sensación era indudable: no era humano. Sus manos eran más fuertes, sus movimientos más dominantes, y aun así su cuerpo reaccionaba con un deseo que la sobrepasaba.

El sueño se volvió una tormenta de gemidos, piel y fuego. Andrei la besaba con hambre contenida, mientras la sombra la invadía con violencia. Ella gritaba de placer y miedo, desgarrada entre dos fuerzas que la poseían sin piedad.

Y en medio de esa entrega, no había vergüenza, solo la certeza de que lo deseaba, aunque no pudiera explicarlo.

Stepfanny despertó jadeando, el cuerpo empapado de sudor, el sexo húmedo, palpitante. Cerró los ojos con fuerza, intentando apartar las imágenes, pero volvieron una y otra vez. Sus pezones duros rozaban la tela de la camiseta, y el ardor entre sus muslos se volvió insoportable.

Se mordió el labio, deslizó la mano bajo la ropa interior y dejó escapar un gemido ahogado al tocarse. La humedad la recibió de inmediato, y comenzó a acariciarse con movimientos lentos, profundos, recordando cada instante del sueño. Sus caderas se movían solas, buscando más, apretando la sábana con la otra mano.

Los recuerdos de Andrei y de la figura difusa se entrelazaban en su mente. Uno le daba ternura y deseo humano; el otro, miedo y excitación animal. Esa mezcla la encendía hasta lo indecible. Sus dedos se movían más rápido, y pronto el orgasmo la arrasó con una fuerza que la hizo temblar entera, con un gemido ahogado entre los dientes.

Se quedó tendida, respirando agitada, la piel húmeda y brillante en la penumbra. No había culpa, no había vergüenza. Solo un cuerpo satisfecho y una mente enredada en preguntas imposibles. ¿Quién era esa figura? ¿Por qué la deseaba tanto como la temía?

Mientras tanto, en su apartamento, Andrei abría una carpeta vieja. Informes, fotos, registros de heridas, patrones de muertes. Los ojos se le endurecieron al reconocer semejanzas con lo que había visto en la morgue. Las mismas marcas. La misma frialdad en la piel.

Se reclinó en la silla, con el ceño fruncido, sintiendo el peso de una certeza: la guerra que había dejado atrás lo estaba alcanzando de nuevo.

Y al día siguiente, Andrei y Stepfanny tenían una cita en la morgue.

En algún punto de la noche, mientras Stepfanny dormía con el cuerpo aún sensible y la mente enredada en deseo y preguntas, la ciudad siguió respirando como siempre.

Pero algo había cambiado.

Las sombras ya no eran solo ausencia de luz. Eran presencias en espera.

Y aunque nadie lo sabía aún, el equilibrio frágil que mantenía a los mundos separados había comenzado a ceder. No con un estruendo, sino con un susurro persistente, imposible de ignorar.

El eco de lo prohibido ya no pertenecía a una fantasía. Había encontrado un lugar donde crecer.

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