El silencio del refugio estaba cargado de un calor invisible. Afuera, la ciudad vibraba con música lejana y motores nocturnos, pero adentro todo se reducía a respiraciones y miradas.
Elena estaba recostada en el sofá, con la chaqueta de cuero abierta y la blusa desabotonada a medio pecho, lo suficiente para dejar ver un destello de piel clara bajo la penumbra. Encendió un cigarro y lo sostuvo entre los dedos con descuido, sus labios curvándose en una sonrisa ladeada.
—No te hagas la fría, Sofí