El eco de las risas y los jadeos seguía vibrando en el pequeño apartamento. Sofía aún sentía el calor de las manos de Elena en su piel, la presión de Erik en su muñeca, los ojos hambrientos de Lucien siguiéndola como un animal domesticado a medias. Los cuatro permanecían en silencio ahora, exhaustos de tanto juego, con el pecho agitado y el deseo apenas contenido.
No habían cruzado la línea, pero la habían rozado con tal intensidad que el aire estaba cargado de sudor y electricidad.
—Esto no s