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Vampiros Modernos (Sangre y Sexo)
Vampiros Modernos (Sangre y Sexo)
Por: Lobo Solitario
Capítulo 1 – Entre la Inocencia y el deseo

La ciudad donde vivía no era amable: era hermosa de lejos y áspera de cerca. De día se vestía de sol y sal, y de noche se llenaba de música como si el ruido pudiera tapar la violencia. El Caribe no era una postal; era una respiración caliente, constante, que se metía en la ropa, en los patios, en las paredes.

Stepfanny lo sabía porque había aprendido a leer el mundo desde los márgenes: no desde la fiesta, sino desde el pasillo; no desde la invitación, sino desde el “no estás incluida”.

A veces caminaba por la avenida principal y veía parejas riendo, grupos de amigos que se empujaban con confianza, gente que se sentía dueña del espacio. Ella, en cambio, se movía como quien evita hacer ruido. No por timidez, sino por costumbre. Durante años, su vida había sido eso: aprender a existir sin estorbar.

La soledad, para la mayoría, era una pena. Para ella era un idioma. Y lo hablaba con una fluidez que a veces asustaba.

Stepfanny era una chica latina de 20 años, de piel morena, mirada profunda y un cuerpo que, sin ser exuberante, tenía la armonía suficiente para atraer miradas. Los hombres solían detenerse en ella con un deseo apenas disimulado, pero nunca lograban acercarse demasiado.

No era que se sintiera fea. Tampoco era ingenua. Sabía lo que provocaba, lo había aprendido en miradas que se quedaban un segundo más de lo correcto, en bocas que sonreían sin respeto, en frases a medias que pretendían sonar casuales.

Lo que no entendían —y lo que pocas veces se veía desde afuera— era que ella no buscaba validación. Buscaba control.

La atención masculina, cuando era demasiada, le resultaba una forma de amenaza. No porque le faltara deseo, sino porque no quería deberle nada a nadie. Había crecido con la certeza de que el cariño es un recurso escaso y, cuando aparece, suele venir con condiciones.

Así que eligió el camino más seguro: convertirse en inaccesible.

Desde muy pequeña había aprendido a vivir en soledad. La muerte de sus padres la obligó a crecer en casa de familiares poco afectuosos, personas que le daban techo y alimento, pero sin calor ni compañía real. A menudo se sentía como una sombra invisible en aquel hogar.

La casa de sus familiares olía a comida recalentada y a reglas tácitas. Nadie le pegaba. Nadie la echaba. Pero tampoco la miraban como se mira a alguien que pertenece.

El afecto allí no era un gesto natural; era un premio. Y ella, por razones que nunca comprendió del todo, casi nunca lo merecía.

Aprendió a observar. A calcular estados de ánimo. A escuchar silencios.

En esa casa, la tristeza no era dramática: era cotidiana. Se sentaba en la mesa como un plato más.

Por eso la noche se volvió su lugar favorito. No porque fuera luminosa, sino porque le ofrecía algo que el día no le daba: privacidad. Nadie le pedía sonreír, nadie le exigía gratitud.

En la oscuridad, podía ser real.

Hubo noches en que la soledad se le hizo insoportable. Recuerda estar sentada en el rincón de un cuarto oscuro, abrazando una muñeca vieja, mientras escuchaba risas apagadas que venían del comedor, donde sus primos jugaban y ella no era invitada.

Hubo una noche particular —no la recordaba por fecha, sino por sensación— en la que escuchó un grito afuera y, en vez de asustarse, sintió curiosidad. Fue un impulso casi vergonzoso: la idea de que el peligro tenía una estética, un magnetismo.

No era normal, lo sabía.

Y, aun así, el pensamiento se instaló en ella como un secreto: lo oscuro no siempre da miedo. A veces llama.

Con el tiempo, esa llamada se convirtió en hábito. Buscaba historias que le hablaran de criaturas que no pedían permiso, que vivían fuera del juicio humano. Vampiros. Cazadores. Maldiciones. Transformaciones.

En esos relatos había una promesa: si lo monstruoso existía, entonces lo roto también podía convertirse en fuerza.

Y ella quería fuerza. No compasión.

Imaginaba entonces que alguien vendría a rescatarla: un caballero de ojos ardientes, un héroe extraño que no temía a la oscuridad. En otras ocasiones, cuando los ruidos de la calle irrumpían en la madrugada —perros aullando, vidrios rompiéndose, gritos lejanos—, su mente infantil transformaba todo en fantasías: veía vampiros merodeando bajo la luz de la luna, criaturas que, en vez de asustarla, despertaban una fascinación que no podía explicar. 

Fue en esas noches cuando su imaginación se volvió su refugio más poderoso. Allí, en medio del abandono, nació su capacidad de resistir y también ese apetito secreto por lo prohibido, por lo misterioso, por lo que vivía al margen de la luz del día. 

Esa falta de cariño la volvió retraída y desconfiada. Mientras otros niños reían y jugaban en la calle, ella pasaba las tardes imaginando mundos alternos donde era fuerte, deseada y libre. Aquellas fantasías forjaron su carácter: independiente, tenaz y con una sorprendente capacidad para resistir la indiferencia. 

Desde los quince años tuvo clara una meta: marcharse de esa casa y valerse por sí misma. 

Apenas alcanzó la edad necesaria, buscó trabajos ocasionales: repartir volantes, cuidar niños, limpiar oficinas. Todo con un único propósito: ahorrar para independizarse. Finalmente consiguió empleo estable en la biblioteca pública de la ciudad, un lugar que parecía hecho para ella.

El trabajo en la biblioteca fue, sin exagerar, el primer lugar donde sintió paz. No porque alguien la abrazara, sino porque nadie la invadía. La biblioteca tenía reglas simples: hablar bajo, devolver a tiempo, cuidar el silencio.

A Stepfanny le encantaba ese orden porque no era afectivo, era neutral. Y la neutralidad era un tipo de refugio.

A veces, cuando cerraba por la tarde y el último lector se iba, se quedaba un minuto extra sola entre los estantes. Miraba los lomos gastados, pasaba el dedo por títulos que parecían promesas. En esos momentos sentía algo parecido a pertenecer: no a una familia, sino a un mundo.

Los libros no la juzgaban. Solo la abrían.

Allí encontró un refugio perfecto: rodeada de libros, perdida entre pasillos silenciosos y alimentando su voracidad lectora. 

Con el tiempo, reunió el dinero suficiente para alquilar un pequeño cuarto. No era lujoso, pero para ella significaba libertad. 

A los veinte años, Stepfanny ya vivía sola. Poseía lo mínimo indispensable, pero también lo más valioso: paz y autonomía. Dividía su tiempo entre el trabajo en la biblioteca y sus estudios universitarios, a los que había ingresado gracias a una beca. 

Su carrera, medicina forense, no era precisamente la elección común de una joven, pero desde niña la muerte le causaba más fascinación que miedo. Para ella, los cuerpos sin vida no representaban terror, sino enigmas por resolver.

La muerte, para ella, nunca fue una tragedia abstracta. Era un hecho.

Había aprendido demasiado joven que la vida puede irse sin ceremonia. Por eso la forense no le parecía macabra; le parecía honesta.

Los cuerpos no mienten. No pueden actuar. No pueden manipular. Lo que tienen que decir está en la piel, en las marcas, en los tejidos.

Y, quizás por eso, la morgue le resultaba más tolerable que ciertas conversaciones sociales. Al menos allí todo era directo: vida o ausencia de vida. Causa o efecto. No había sonrisas falsas ni lealtades confusas.

Solo evidencia.

La rutina universitaria la ubicó pronto entre los mejores alumnos.

Aun así, había algo en la universidad que la molestaba: la idea de que todos suponían que ella debía ser como los demás. Que debía integrarse. Salir. Tomar. Reír.

Ella no odiaba a la gente. Simplemente no se regalaba.

La sociabilidad le parecía una inversión de energía sin retorno. Prefería el estudio porque allí el esfuerzo tenía un resultado claro: aprendía, avanzaba, ganaba independencia.

La independencia, para ella, era una religión.

Su disciplina y dedicación llamaban la atención de todos, incluidos sus profesores. Entre ellos destacaba uno: Andrei.

Andrei no era solo atractivo. Era extraño de una manera precisa: como si llevara el cuerpo en calma y la mente en guerra.

Cuando hablaba en clases, lo hacía sin relleno. Iba directo al punto, como un hombre acostumbrado a que el tiempo tenga costo. Eso, en la mayoría, habría sido frialdad. En él era intensidad contenida.

Stepfanny notó pronto otro detalle: Andrei miraba como si evaluara amenazas incluso donde no las había. No era paranoia. Era entrenamiento.

Y ese entrenamiento, aunque no pudiera nombrarlo, la intrigaba más que cualquier rumor.

Porque ella también sabía reconocer a quien ha sobrevivido a cosas que no cuenta.

Cuando hablaba del corazón, lo hacía con un respeto solemne, como si entendiera mejor que nadie su fragilidad y lo mucho que podía decidir entre la vida y la muerte. Había en su mirada una seriedad intensa, la de alguien que había visto demasiado, pero que prefería guardar silencio.

Entre sus compañeras corrían rumores: algunas aseguraban que escondía una vida secreta; otras decían que no tenía pareja y especulaban sobre su orientación sexual. Nadie sabía con certeza nada de su pasado.

Lo único seguro era que venía de Europa del Este y que había llegado a la universidad recientemente. Stepfanny, en cambio, no prestaba atención a esos chismes: lo importante para ella era estudiar y mantenerse al margen.

Lo cierto era que no tenía amigos cercanos en la facultad. Había rechazado tantas invitaciones a salir que ya nadie insistía. Su mundo estaba hecho de libros y de fantasías privadas. En sus horas libres en la biblioteca leía sin descanso: manuales de anatomía, novelas de misterio, eróticas y, por supuesto, historias de vampiros.

El sexo, aunque nunca lo había experimentado en carne propia, ocupaba un lugar constante en su imaginación.

Su educación sentimental se había forjado a través de escenas literarias intensas, desbordadas de pasión, que la hacían soñar con el día en que viviría algo similar.

En las noches solitarias, bajo las sábanas, dejaba que esas fantasías la consumieran hasta quedarse exhausta. Era su secreto más íntimo, lo que mantenía viva una chispa de emoción en su existencia rutinaria. 

La ciudad caribeña donde vivía estaba llena de contrastes: calles ardientes bajo el sol, música nocturna, bares repletos… pero también crímenes frecuentes. En medio de esa efervescencia, Stepfanny avanzaba en su segundo año de universidad. 

Una de las asignaturas más intensas eran las prácticas en la morgue. Para muchos de sus compañeros, entrar allí era perturbador; para ella, un privilegio. 

Observar cadáveres la llenaba de un morbo extraño: intentaba descifrar la historia detrás de cada cuerpo, las últimas horas de cada vida truncada. 

Andrei era el profesor a cargo de esa asignatura y se mostraba especialmente cercano a ella en ese ambiente. 

Corregía sus observaciones, alentaba su curiosidad. Stepfanny lo admiraba, aunque sentía también que había algo oculto en su forma de mirarla. 

Una tarde, la rutina se quebró con la llegada de un cuerpo distinto.

El olor fue lo primero: un metal leve en el aire, como cuando la sangre ya no es fresca. Luego la temperatura del cuarto, ese frío que se mete en las muñecas aun con guantes.

Y, por último, la herida.

No fue solo “un cuello desgarrado”. Fue la forma. La limpieza brutal con que la vida había sido extraída. Stepfanny no tenía años de experiencia, pero tenía instinto, y el instinto le gritó una palabra que no quería pensar: drenado.

Observó a Andrei. Su rostro se mantuvo en control, pero algo en su mandíbula se tensó. Una micro expresión. Un gesto de “esto no debía aparecer aquí”.

Fue ese gesto —más que el cuerpo— lo que la marcó.

Porque la herida podía explicarse con mil teorías.

La reacción de Andrei, no.

Andrei lo observó con atención y, aunque intentó mantener la calma, Stepfanny percibió un destello de inquietud en su mirada. De inmediato dio por terminada la clase, dejando que el forense trabajara en privado. 

Pero ella había alcanzado a ver lo suficiente, y aquella visión se le quedó grabada en la mente. 

El resto de la jornada transcurrió con una tensión extraña. Stepfanny fingía tomar apuntes, pero su mente volvía una y otra vez a ese cuerpo. Recordaba la herida, el color de la piel casi blanquecina, el gesto de Andrei al interrumpir la práctica. Apenas podía concentrarse en nada más. 

El murmullo de sus compañeros y el ruido de los pasillos se le hacían lejanos, como si todo se hubiera cubierto de un velo. 

Cuando por fin se atrevió a acercarse a Andrei, lo hizo con el corazón acelerado. Con voz firme, le pidió que la dejara observar el cuerpo.

Él se negó con un gesto severo, aunque en el fondo parecía igual de interesado en revisarlo. 

Tras insistir varias veces, accedió con la condición de que lo harían a solas, en otro momento. Esa promesa, lejos de tranquilizarla, encendió aún más su ansiedad.

Pronto comenzaron a circular rumores en la ciudad: un animal salvaje estaba atacando personas y ya había cobrado su primera víctima. La población se llenó de miedo. 

Stepfanny, en cambio, sintió un cosquilleo en el pecho. Lo que había visto no se parecía a un ataque animal común. Recordaba escenas de novelas donde los vampiros dejaban marcas similares. Intentó convencerse de que exageraba, de que era producto de su imaginación, pero la semilla ya estaba sembrada.

 Buscó a Andrei sin éxito. Pensó en ir sola a la morgue, aunque sabía que no podría entrar sin autorización. Esa noche, en su cuarto, trató de calmarse. Se conectó a internet y comenzó a leer relatos de ataques misteriosos en distintas partes del mundo, sobre todo en Europa del Este.

En las noticias hablaban de lobos y perros, pero las descripciones eran inquietantemente parecidas a lo que ella había presenciado. 

La madrugada se le fue entre lecturas y sobresaltos. Apenas durmió unos minutos, y en esos sueños se vio transformada: no como víctima, sino como parte de una nueva raza que gobernaba en las sombras. 

Despertó sudando, con el corazón acelerado. Y, sin embargo, ya no sentía miedo: lo que la invadía ahora era un deseo extraño, una atracción peligrosa hacia lo desconocido. Se duchó apresuradamente, intentando calmarse, pero ni el agua fría borró las imágenes. 

Quería llegar cuanto antes a la universidad. Tenía preguntas que solo Andrei podría responder… y un oscuro presentimiento de que su vida estaba a punto de cambiar.

Mientras caminaba hacia la universidad, Stepfanny sintió el sol golpeándole la piel como una advertencia.

La ciudad estaba despierta y normal, demasiado normal para lo que ella llevaba en la cabeza.

Los buses llenos, los vendedores gritando ofertas, los estudiantes riendo como si el mundo no tuviera grietas.

Pero ella ya había visto una grieta. Y una vez que la ves, todo lo demás se vuelve actuación.

No sabía aún que ese caso no era solo un cadáver raro. Era un umbral.No sabía que la oscuridad no iba a perseguirla con colmillos al descubierto, sino con algo más eficaz: curiosidad, deseo, destino.

Y, aun así, mientras apretaba sus apuntes contra el pecho y avanzaba sin mirar a nadie, sintió una certeza fría y deliciosa: lo que venía no la iba a destruir.

La iba a revelar.

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