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CAPÍTULO 4. VOY A DESCUBRIRLO TODO

No debía importarle.

Esa fue la primera mentira que se dijo al salir del hospital.

El aire frío de la noche no logró despejar la presión que llevaba en el pecho. Caminó hasta su automóvil con pasos firmes, controlados, pero por dentro todo estaba desordenado. Cada imagen del pasillo volvía con una claridad incómoda: Elena, su voz baja, esa sonrisa que no le pertenecía.

“No, nadie sabe de ti aquí… y así seguirá siendo.”

La frase se repetía como un eco persistente.

¿Por qué regresó?

Elena no era impulsiva. No era nostálgica. Y definitivamente no era débil. Si estaba en Aurevia, había una razón. Y él odiaba no saberla.

Apenas llegó a Ardentis encontró un mensaje del investigador privado.

Abrió el archivo.

Los registros migratorios de Elena estaban incompletos. Varias direcciones aparecían y desaparecían sin explicación. Había movimientos difíciles de rastrear y pequeñas transferencias periódicas que no encajaban con el estilo de vida que él imaginaba para ella.

Leyó el informe dos veces.

Después una tercera.

Nada. Ningún amante, ningún matrimonio y ninguna respuesta.

Y aquello solo empeoró las cosas.

La puerta se abrió sin previo aviso.

Valeria entró con la misma seguridad con la que siempre ocupaba cualquier espacio. El vestido oscuro resaltaba su figura impecable y la carpeta que llevaba bajo el brazo parecía una excusa más que una necesidad.

—Sabía que seguirías aquí.

Adrián apenas levantó la vista.

—¿Necesitas algo?

—Sí. Saber por qué llevas veinte minutos mirando la misma pantalla.

Él cerró el archivo de inmediato.

Demasiado tarde. Valeria ya había visto el nombre.

Elena Rinaldi.

Una punzada incómoda atravesó su pecho.

—No sabía que te interesaban los fantasmas.

—No empieces.

—¿Por qué? ¿Porque tengo razón?

Dejó la carpeta sobre el escritorio y lo observó detenidamente.

—La viste dos veces y ya no puedes concentrarte.

—Estás exagerando.

—No. Te conozco.

Valeria llevaba años trabajando a su lado. Había visto negociaciones multimillonarias, adquisiciones hostiles y crisis corporativas capaces de destruir empresas enteras.

Nada de eso había conseguido alterar a Adrián como Elena.

Y eso la inquietaba.

Porque significaba que seguía ocupando un lugar que nunca había logrado reemplazar.

—Seis años —murmuró—. Seis años y sigues reaccionando igual.

—No sabes de qué hablas.

—Entonces mírame y dime que no te importa.

Adrián sostuvo su mirada. No respondió.

Y el silencio fue respuesta suficiente.

Tomó el teléfono.

—Necesito más información.

—Es un informe preliminar, señor Valtieri. Apenas comenzamos a reconstruir los últimos seis años.

—Entonces dígame algo que no sepa.

—Hay algunas inconsistencias.

Adrián se quedó inmóvil.

—Explíquese.

—Los registros migratorios son incompletos. Varias entradas y salidas no coinciden con los lugares donde supuestamente residió. También encontramos direcciones que aparecen durante algunos meses y luego desaparecen sin dejar rastro.

—¿Identidades falsas?

—Todavía no podemos afirmarlo.

—Pero lo sospecha.

—Sospecho que alguien se esforzó por dejar muy poca información disponible.

Adrián frunció el ceño.

Nada de aquello encajaba con Elena.

—¿Qué más?

—Hay movimientos financieros extraños.  Escuchó el sonido de unas teclas.

—Hay algo más.

Adrián esperó.

—Los pagos no parecen corresponder a una sola persona.

—¿Qué significa eso?

—Significa que algunos gastos son inconsistentes con una mujer adulta viviendo sola.

Adrián frunció el ceño.

—Explíquese.

—Compras periódicas. Medicamentos. Servicios médicos. Algunos montos son demasiado pequeños para tratamientos complejos y demasiado constantes para gastos ocasionales.

—¿Está sugiriendo algo?

—Todavía no.

La respuesta lo irritó.

Todo el mundo parecía moverse alrededor de posibilidades.

Él quería hechos.

—No te pagué para escuchar "todavía no".

—Lo sé, señor.

—Entonces averigüe quién recibe ese dinero.

—Estamos rastreando los destinatarios.

—Más vale que los encuentre.

Adrián se volvió hacia el ventanal.

Tal vez Elena no había regresado por nostalgia. Tal vez había regresado porque estaba desesperada.

Y aquella posibilidad lo inquietó más de lo que quería admitir.

—Quiero el informe completo mañana.

—Señor, eso es imposible.

—No me importa. Quiero nombres, direcciones, historial financiero y cada detalle que encuentren.

—Sí, señor.

Adrián observó las luces de la ciudad.

Miles de personas, miles de historias.

Y, aun así, toda su atención seguía concentrada en una sola mujer.

—¿Qué más?

—Hay una transferencia mensual que se repite desde hace cinco años.

—¿A quién?

—Todavía no lo sabemos.

—Averígüelo.

La llamada terminó.

Pero Adrián permaneció inmóvil.

Algo no encajaba. Los movimientos migratorios, las direcciones falsas, los pagos médicos, las transferencias constantes.

Por separado no significaban nada.

Juntos parecían una vida construida alrededor de un secreto.

Y Elena nunca había hecho nada a medias.

Si estaba ocultando algo, lo había protegido durante años.

La pregunta era por qué.

La oficina quedó vacía. Las luces de los demás pisos comenzaron a apagarse una a una.

Adrián permaneció inmóvil.

Durante años se había convencido de que Elena era parte del pasado, una decisión cerrada, un capítulo terminado.

Ahora comprendía que nunca había sido cierto. Porque seguía recordando detalles absurdos.

La forma en que ella doblaba las mangas de sus camisas cuando trabajaba hasta tarde.

La manera en que se quedaba dormida leyendo en el sofá.

La costumbre de llenar la cocina de música los domingos por la mañana.

Cerró los ojos, molesto.

Aquellos recuerdos no tenían ningún valor. No explicaban por qué había regresado.

No explicaban la llamada, no explicaban el secreto. Pero seguían apareciendo.

Y lo peor era que, por primera vez en años, comenzaba a sospechar que la historia que se había contado sobre Elena podía estar incompleta.

La idea resultaba insoportable. Porque si estaba equivocado...

si ella nunca lo había traicionado...

entonces había destruido su matrimonio por nada.

Una hora después seguía sentado frente al escritorio, los contratos permanecían abiertos, los informes seguían esperando. Pero él solo podía pensar en una mujer. Y en un secreto.

Un secreto tan importante que había permanecido oculto durante seis años.

Sus ojos se endurecieron.

No importaba cuánto tiempo tomara.

No importaba cuántos recursos tuviera que utilizar.

Lo encontraría.

Porque Adrián Valtieri jamás había aceptado perder.

Y cuanto más descubría sobre Elena, más convencido estaba de que ella escondía algo.

Algo lo suficientemente importante como para desaparecer durante seis años.

Algo que estaba dispuesto a encontrar, costara lo que costara.

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