CAPÍTULO 5. PRECIOS Y SACRIFICIOS
El hospital era diferente de noche, más silencioso, más honesto y, por lo mismo, mucho más aterrador. Durante el día, el ajetreo constante de las enfermeras, el sonido de los carros de medicina y las voces en el pasillo lograban disfrazar la gravedad de lo que ocurría entre esas paredes. Pero en la noche, cuando el mundo exterior se detenía y todo se reducía a luces tenues de neón y sonidos aislados, la realidad se volvía imposible de ignorar.Elena sostenía la mano de su madre, sintiendo lo frágil que se había vuelto. La piel, antes cálida y firme, ahora era delgada, casi transparente, como si la vida se estuviera retirando poco a poco hacia un lugar donde ella no podía seguirla. El aroma a antiséptico y enfermedad parecía querer borrar el recuerdo del perfume de rosas que su madre solía usar, mientras el monitor emitía un pitido irregular, un ritmo inestable que se le clavaba en el pecho con cada variación.—No debiste volver, mi niña… —susurró su madre con voz débil, pero cargada d
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