CAPÍTULO 10. EL PESO DE LO QUE SE DEBE
Elena llevaba cuatro horas y veintidós minutos sentada en la misma silla.
Lo sabía porque había dejado de mirar el reloj exactamente cuando llegó a cuatro horas. Después de eso, contar los minutos le resultó demasiado doloroso.
La sala de espera del ala quirúrgica del Hospital Central tenía paredes color crema y una hilera de sillas de plástico duro que nadie había diseñado para el consuelo. El único sonido constante era el zumbido sordo del sistema de ventilación y el golpe suave de las puerta