CAPÍTULO 18. HARINA, FUEGO Y TREGUA
A las cuatro y cincuenta y cinco de la mañana del sábado, el cielo de Aurevia seguía siendo de un azul oscuro e impenetrable, pero las luces del Distrito Sur ya comenzaban a parpadear.
El coche negro de Ardentis se detuvo frente a un local de fachada rústica y amplios ventanales. El letrero, tallado en madera cruda, rezaba: Pendelton Artisan.
Elena bajó del vehículo envolviéndose en su abrigo. Apenas había dormido dos horas. Los ojos le pesaban y tenía el alma magullada por las mentiras que hab