Eran las cinco y cuarenta y dos de la mañana.
El sol ni siquiera había considerado la idea de salir en la ciudad de Aurevia, pero el imponente piso treinta del edificio Ardentis ya estaba iluminado con la intensidad gélida de un quirófano.
Elena cruzó las puertas del ascensor arrastrando los pies. Sentía que le habían echado arena bajo los párpados. Después del brutal ultimátum de Adrián el día anterior, había pasado toda la noche en vela haciendo cálculos febriles, buscando alguna forma milagr