Capítulo 7
En cuanto vi la sangre salir de la mano de Edward, me puse tan nerviosa que pensé que me iba a desmayar. Le tomé la mano con fuerza, tratando de detener el sangrado.
—Perdón… perdón… fue mi culpa —dije sin poder controlar la voz—. Edward, por favor, vamos al hospital.
Él apretó los dientes, exagerando como siempre.
—No… no quiero hospital… llévame a la habitación —murmuró como si estuviera agonizando—. Creo que necesito una enfermera. Una bien guapa… como tú.
—¡No bromees! —le reclamé, temblando—. ¡Te corte de verdad!
Lo guié hasta la habitación y lo hice sentarse en la cama. Le presioné la herida con una toalla.
—Dios, Edward, está sangrando mucho… no debí hacerlo yo… no debí intentar cocinar… —sentía que la voz se me quebraba.
—Tranquila —dijo él, sonriendo débilmente—. Me gusta que te preocupes por mí.
Llamé a un médico particular del edificio. En quince minutos llegó un hombre mayor, calmado, acostumbrado a atender emergencias tontas de gente rica.
—¿Qué pasó? —preguntó