Astrid
Rosa se enderezó tan rápido al verme que casi resultó cómico. Se aclaró la garganta y fingió mirar un archivo cualquiera en la pared, como si hubiera estado profundamente interesada en el diseño interior del edificio todo el tiempo. Crucé los brazos sobre el pecho y alcé una ceja hacia ella.
—Ya te pillé —dije con sequedad.
Se quedó congelada un segundo, luego se giró lentamente hacia mí. Con una sonrisa culpable, levantó ambas manos en señal de rendición.
—Está bien —admitió con drama