—¡Que me bajes, maldición! —seguí gritando, cuando al fin la fría brisa de la noche me dio de lleno en el trasero y la espalda desnuda.
Piero me bajó delante de un taxi y abrió la puerta, invitándome con una mano a que subiera por mi cuenta. Lo hice de mala gana y él me siguió, pidiéndome imperante que le diera mi dirección al conductor que nos veía confundido.
Me crucé de brazos y miré por la ventanilla del coche, intentando comprender como fue que cambió su actitud cálida a aquella agresiva d