SABRINA
—Estás preciosa —susurró a mi oído y sentí como las piernas tambaleaban.
—Gracias —musité, una vez que se separó de mí.
—Nuestra mesa está por aquí —señaló Josh un poco más al fondo del pasillo y lo seguimos.
El lugar era moderno y lujoso, con una terraza preciosa.
Todos se confabularon para que me tocara sitio junto a Piero, y con los nervios a flor de piel y su presencia perturbándome hasta las entrañas, me senté a su lado, tomando la carta y disimulando leer.
—Tenía otra idea de una