—¿Yo? —balbuceó muy nerviosa—. ¿Qué tiene que ver la edad de mi hija con lo que estábamos hablando?
Diana no sabía qué hacer, podía contarle la verdad en ese momento, pero estaba segura de que la obligaría a casarse con él.
Y ella no estaba dispuesta.
Menos después de lo que habían hablado.
No podía estar viviendo con el fantasma de su difunta esposa para siempre.
—Sí, tú. Acabas de decir que no hubo más nadie después de mí… Y si es así, Victoria es, hum, es mi…
—¿De qué estás hablando? —dijo y