Ariel abrió los ojos lentamente. Todo parecía estar envuelto en una neblina pesada, como si el mundo entero estuviera sumergido en agua. El silencio de la habitación de hospital era interrumpido solo por el leve pitido de las máquinas que monitoreaban sus signos vitales. Su cuerpo se sentía débil, agotado, como si no le perteneciera. Pero entonces lo recordó. La sensación de vacío en su vientre regresó como un golpe directo al pecho, y junto con ella, la imagen de Alejandro, llorando, diciendo