Damiano
El día que mi padre me presentó a Lia, supe que haría todo por protegerla.
Era amable, con una voz que te hacía escucharla por horas y te hacía confiar rápidamente en ella. A pesar de su aspecto delicado, había una fortaleza admirable en sus ojos. La forma en que se dirigía a las personas, no con timidez, sino con protección natural, como si tuviera en su sangre aquella inclinación por velar por los demás, eso fue lo que me atrajo.
Lo supe entonces, que había nacido para ser una reina.
Cuando llegó a nuestro hogar, no nos conocimos al instante, no fui a recibirla en la entrada con mi padre. La observé bajar de su carruaje desde una de las ventanas de la tercera planta, la seguí discretamente por los pasillos y miré su interacción con la servidumbre y con los guardias. Mi padre le dio la libertad de explorar el lugar a su comodidad, y yo me tomé el atrevimiento de espiarla.
No fue hasta que cayó la noche, cuando una de las doncellas del servicio le avisó que la cena