Capítulo 05

Lia

Todos somos redirigidos al gran salón, todavía decorado con arreglos de boda, flores blancas, mesas repletas de comida y el enorme pastel que ocupa un gran espacio en la esquina. Un cruel recordatorio de todo lo que debía celebrarse esta noche.

Mientras el Beta Astorian me escolta, mantengo el mentón en alto, consciente de todas las miradas que pesan sobre mí, suplicando, implorando por recibir consuelo de mí, cualquier cosa que les dé esperanza de sobrevivir a esta noche.

Pero como no puedo prometer nada, evito encontrarme con sus rostros. A pesar de eso, la gente se aparta de mi camino, abriéndome paso hasta el altar. Me respetan, no sé por qué exactamente: por estar aquí, mostrando resistencia; por tener el vientre que podría llevar a un príncipe alfa, posicionando la manada en lo más alto, o por quedarme luego de que mi prometido desapareciera, demostrando gran lealtad a la manada. No lo sé.

No sé qué hice para ganarme este respeto, este aprecio, estas miradas reverentes. Solo sé que no puedo ser indigna de todo lo que me ofrecen.

El Beta Astorian carraspea detrás de mí para que me detenga frente a los peldaños, así que me muevo con gesto sereno y me acomodo el vestido de novia, manteniendo mi expresión libre de cualquier emoción.

—¿Qué está pasando? —escucho que murmuran.

—¡No lo sé! ¡No lo sé! ¿Van a matarnos?

—No lo creo. Al menos, no creo que nos maten a todos.

—¡Va a obligarnos a inclinarnos ante él! ¡Seguro nos matará si nos negamos! ¿Dónde está el Alfa Rafael? ¿Dónde está que no nos ayuda? ¿De verdad lo han derrotado estos salvajes?

Un nudo comienza a formarse en mi garganta cuando mencionan a mi esposo. Sin él, no hay mucho que podamos hacer. No hay herederos, Rafael no dejó nada suyo en mi vientre y nunca mencionó tener algún bastardo. Estamos solos.

Para cuando las otras manadas se enteren, tal vez estaré muerta y no habrá nada que ellos puedan hacer una vez estos salvajes se hagan con el poder. Una vez que yo muera, no habrá nada por lo que pelear. Esta gente quedará a merced de su crueldad.

Aprieto mis manos para contener los temblores de mi cuerpo.

Me recuerdo que no pueden matarme. Mi vientre es demasiado importante como para descartarlo. Eso no quiere decir que esté libre de ser esclavizada o maltratada. La vida me ha enseñado en hay caminos peores que la muerte.

—¿Dónde estará su líder? —comienzan a preguntarse entre ellos.

—La Luna... ¿qué le harán a ella? No pueden tocarla. Ella es importante para todos.

—¿Crees que la tome como su esposa?

—¡Como su amante dirás! ¡Sino es que su puta! Son salvajes, ¡salvajes!

—¿Ese no es Astorian? —una voz se sobrepone a las otras. El silencio se levanta como una muralla.

Luego, más susurros desesperanzados.

—¿Está con los rebeldes? ¡No puede ser!

—Alfa Rafael lo exilió hace un año. ¡Seguro se está vengando!

—¡Qué horror, qué horror! El Alfa Bastian lo estimaba un montón. Incluso le dejó la manada a su cargo en caso de que él o su hijo quedaran incapacitados. Le debe estar pesando desde la tumba ver lo bajo que ha llegado. Mira que confraternizar con rebeldes. ¡Nada menos que rebeldes salvajes!

Solo por instinto, le dirijo una mirada sobre el hombro al Beta Astorian. Él hace un buen trabajo fingiendo no escuchar los cuchicheos de la gente. Si le molestan o lo hieren, es difícil saberlo.

Sus ojos me encuentran y una pregunta se asoma en ellos. "¿Tú también piensas como ellos?". Aprieto los labios, volteo la cabeza y continúo escuchando a la gente.

Las opiniones de dividen luego de un largo debate. Mientras algunos siguen hablando de la deslealtad de Astorian, otro sugieren que podría abogar por nosotros, que él puede abogar por mí. Después de todo, Alfa Bastian le pidió que me cuidara; Damiano, antes de desaparecer, le hizo prometer lo mismo. ¿Cómo rompes una promesa jurada a dos hombres que te confiaron todo?

Entonces dejo de escuchar. Lo que yo pienso es que nada de eso importa hasta que no conozca al líder de esta rebelión.

Los pasos fuertes y retumbantes que se escuchan desde el pasadizo detrás del altar responden a mi petición.

No necesito verle el rostro. No cuando su altura, el poder que emana de cada poro y la mirada fuerte que arroja sobre todos delata su cargo. Es imposible que exista otro lobo que iguale su aura peligrosa, imponente y sombría.

Tiene el cabello y la mitad del rostro cubierto por un pañuelo negro que se ajusta hasta su cuello. Está vestido con ropas oscuras, sin una mancha de sangre, como si no hubiera metido mano en la batalla o se hubiera cambiado de ropa para dar la falsa impresión de que quiere la paz con nosotros. O bien, como si estuviera diciendo que no necesita mostrar qué tanto rojo hay en sus manos para que debamos temerle.

Lo último no es tan descabellado, pues lo único que necesita para doblegarnos es un vistazo a sus ojos: de un pálido azul, brillantes, y casi violetas. Debe ser el efecto de la luna, porque eso sería imposible. Solo hay alguien que podría tener ese color de ojos, y hace un año que nadie lo ve.

Beta Astorian coloca una mano en mi espalda baja por alguna razón cuando aquel lobo se coloca en el centro para hablar.

—Manada de Luna Oscura —su voz retumba con una fuerza que aplasta cualquier murmullo que todavía estuviera gestándose. Me estremezco ante el reconocimiento —, esta noche haré el informe de que la manada ha cambiado de mando.

No, no, no, es imposible. Esa voz no puede ser de quien creo que es.

Su figura se mueve como un depredador. Nunca aparta la mirada de nosotros. La forma en que su voz se apodera de todo, la manera en que su figura se eleva, incluso el cómo sus ojos se oscurecen, evidencian lo que mi corazón presiente. El cabello negro que le asoma bajo la tela, cubriendo parte de su frente, hace que los dedos me quemen de impaciencia, recordando lo suave que se sentía cuando lo cepillé cuidadosamente mientras dormía. Aquel día me sentí un poco osada y me atreví a tocarlo. Cuando despertó, se burló de mí. No le dirigí palabra en una semana.

La parte racional de mí me dice que esto es una locura, que no puede tratarse de él, pero mientras esa vocecita grita que me deshaga de mis bobas esperanzas, todos mis instintos me indican lo contrario e insisten en que es él.

Podría jurar que, si me acerco lo suficiente para quedar frente a él, le llegaría a la altura del pecho y que si le rodeara el torso en un abrazo, regresaría a la noche en que me esabullí a la biblioteca: él estaba ahí, sin camisa, entonces me puse nerviosa, tropecé, y él me atrapó por la cintura, empujándome contra su pecho.

Reconocería su calor y su aroma en el momento que me permitiera acercarme a él. Casi puedo sentir cómo sus brazos me sostienen y me aprietan con protección. Sé que es él.

—Hace un año, vuestro Alfa fue asesinado en una cacería —dice para consternación de todos, reventando mi burbuja de ensueño —. Su hijo desapareció tiempo después, nadie cuestionó lo sospechoso que era todo —la amargura se filtra en su voz, pero desaparece tan pronto como llega —. Entonces el hermano de su Alfa fue su único rayo de esperanza, no los juzgo por aceptar tan rápido ese cambio de mando, no es como si hubieran tenido opción. Pero ahora tampoco la tienen —a pesar de la amenaza en sus palabras, me sigue pareciendo que, más que eso, es una afirmación de alguien que tiene derecho a decirlo —. Yo seré su Alfa ahora. Pueden considerarme como el original a partir de este momento. —Un silencio sepulcral se eleva. Él continúa —. La manada ha estado desestabilizada por mucho tiempo, por eso, he venido aquí, no solo para reparar lo que su anterior Alfa no supo mantener sin perecer, sino para recuperar algo que me pertenece. Algo que me fue robado hace mucho.

Mis piernas comienzan a fallar. El aleteo de mi corazón enmudece el resto de mis sentidos. Él ha venido por mí, lo sé en lo más profundo de mi corazón.

Me abrazo el vientre instintivamente.

Si no fuera por su ataque, si no fuera porque Rafael se marchó antes de consumar nuestro matrimonio, ahora estaría aterrada de pararme frente a Damiano, pues tendría que decirle que llevo al hijo de otro en el vientre, nada menos que su tío. Es casi un alivio saber que no hay la mínima posibilidad de que eso ocurra.

Damiano ha vuelto, me repito. Nos casaremos como estaba originalmente planeado, le daré un hijo, descubriremos si en verdad soy la reina que su padre aseguraba que era, y luego....

"Tranquila, Lia", me tranquilizo. Me estoy dejando llevar muy lejos cuando apenas ha regresado. Habrá mucho tiempo para discutir los resultados una vez que quede encinta y nazca el bebé.

Sí, sí, sí. Todavía hay mucho tiempo, tenemos que hablar de muchas cosas. Me muero por saber dónde estuvo todo este tiempo, qué pasó, por qué le tomó tantos meses volver.

—Muchos deben estar confundidos —prosigue —. ¿Quién soy yo? Se preguntarán. ¿Quién es este lobo que se cree con derecho sobre nosotros?

Su voz suena nuevamente, hay una nota áspera en su tono, pero no me concentro en eso. Mi mente viaja a aquella vez en que me hizo la primera promesa que aceleró mi corazón.

"Te prometo, Lia, por todo lo que atesoro, que mientras yo respire, nunca nadie te hará daño", había dicho él en una de nuestras reuniones. No podría olvidar esa voz consoladora.

Y ahora él está aquí.

Imponiendo su derecho. Va a recuperar todo.

Vino a recuperarme. Cumplió su promesa. No podría desear nada mejor. Puedo imaginar cómo de gustoso está el Alfa Bastian desde su tumba.

Una lágrima traidora se desliza por mi mejilla.

—Damiano —susurro, tal vez demasiado fuerte, tal vez demasiado segura para mi propio bien, porque de repente, el silencio se apodera de todo. La mirada de Damiano se clava en mí.

Entonces sé que es él, de verdad es él, pero la forma en que me mira no tiene nada que ver con mi entusiasmo y alegría. Luce furioso cuando sus ojos se encuentran con los míos y me congelo.

—Supongo que no puedo ocultarme de quien fue mi prometida —dice fríamente, antes de descubrir su rostro ante todos.

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