68. EL HOTEL DE LA FAMILIA
VICTORIA:
Me quedé mirándolo incrédula, sintiendo cómo su mano, firme y segura, me arrastraba hacia lo inevitable. Ricardo no acostumbraba a improvisar, y su expresión ahora era peligrosa y llena de determinación. Traté de liberar mi brazo, pero el elevador ya había descendido al primer piso y su fuerza me llevaba directo a la salida del edificio.
—¡Ricardo, para! —exigí, pero no lo detuvo. —¿Qué diablos te sucede?
Al salir, me condujo hasta su auto, un modelo oscuro y elegante que siempre