MARIANA
—Shh. Tranquila. —Me atrajo hacia él—. No pasa nada…
—No.
Le puse las dos manos en el pecho y empujé con toda mi fuerza.
—No, Omar. Suéltame. Ya te dije que no.
—Mariana. —Su voz cambió. Se le fue la dulzura y quedó otra cosa debajo, algo duro, algo feo—. No me hagas perder la paciencia. He sido generoso. He sido paciente. No abuses de eso.
—¡Que me sueltes!
Me agarró de los dos brazos y me atrajo de un tirón, y ahí se le cayó la máscara del todo. Ya no era el hombre de los regalos y la