MARIANA
Pensé en Valentina, dormida en brazos de mi madre, del otro lado de esa puerta.
Y se me aclaró la cabeza de golpe, como se me aclara siempre que el peligro toca a mi hija.
—¿Y si no quiero quedarme? —le cuestioné.
—Creo que no tienes opción; si no es por la buena, será por la mala.
Fui una estúpida, ¿cómo pude confiarme en un hombre que ya me había atacado una vez?
—Está bien. —Levanté la barbilla—. Pero mi madre y mi hija no tienen nada que ver en esto. Ellas se van. Hoy. A México. Y