MARIANA
Desperté con un dolor de cuello que me recordó exactamente dónde había dormido y por qué.
Me incorporé despacio en el sillón de terciopelo azul que desde esa noche era oficialmente mi cama. Lo estiré hacia un lado. Después hacia el otro. El crujido fue suficientemente elocuente. Grande o no, un sillón seguía siendo un sillón y mi espalda tenía una opinión muy clara al respecto.
La cama estaba perfectamente tendida.
Zayed ya no estaba.
Por supuesto. El hombre probablemente amanece, conqu