MARIANA
Ahí estaba.
Zayed Al Rashid. Mi esposo por contrato. Con una toalla enrollada en la cintura, el cabello mojado cayendo sobre su frente y ese cuerpo que yo ya conocía mejor de lo que me convenía admitir.
Me tapé los ojos con las dos manos.
—Nadie me dijo que íbamos a compartir habitación.
—Somos un matrimonio —dijo con esa calma irritante de siempre—. No podemos dormir en habitaciones separadas. Las apariencias…
—Las apariencias, claro. —Seguía con los ojos tapados—. El argumento comodín