MARIANA
Corté la llamada y bajé lentamente el teléfono. La pantalla quedó negra entre mis manos.
Valentina.
Mi mamá.
Mi casa.
Todo estaba allá afuera mientras yo estaba encerrada en una habitación de un palacio en Dubái con el hombre que había detenido un avión para traerme de regreso.
Giré despacio.
Zayed seguía donde estaba. De pie junto a la puerta, con esa calma irritante que parecía venir instalada de fábrica.
Lo señalé.
—¿Está loco?
No respondió.
Eso me molestó más.
—¿Detuvo un avión? ¿En