Le supliqué a David que hablara en bien de mí. Pero su respuesta me dejó desconcertada, dijo que no iba a defender a una niña malcriada.
—Tú me odias. No pienso sacrificarme por ti.
Dijo con unas palabras tan frías como el hielo e hirientes como una daga.
Le ofrecí dinero a cambio de su silencio. Se rio, dijo que no estaba a la venta.
—Pide lo que quieras, estoy dispuesta a todo con tal de que mi padre no me lleve de regreso.
Supliqué, casi poniéndome de rodillas.
—¿A todo? ¿Estás segura?
Cuest