Eduardo ya ha regresado de su viaje. En sus manos trae un bonito ramo de rosas blancas y rojas con su respectivo jarrón, las ha comprado en el camino para su mujer.
—Para la mujer de mi vida, con todo mi amor y mi cariño. —dijo cuando se las entregó seguido de un beso.
—Muchas gracias, querido, no es necesario que te molestes en traerme obsequios cada vez que sales. —¿O es que acaso me ocultas algún secreto, te sientes culpable y quieres compensarlo con tanto detalle?
—No mi amor, recuerda que