Erik tenía a Mark sometido en el piso, su puño firme apretando la camisa del otro con una furia que no podía contener. Su respiración era agitada, y sus ojos lanzaban chispas de ira mientras lo miraba con desprecio.
—¿Cómo te atreves a ponerle las manos encima? —rugió Erik, acercando su rostro al de Mark—. Eres un desgraciado sin ningún tipo de respeto por los demás.
Mark soltó una carcajada amarga, aunque la posición en la que se encontraba no le permitía moverse demasiado.
—Estás loco, Erik—r