-No me mientas, por favor, no lo hagas- suplicó con dolor- No a mí.
La azabache pensó que podría ser más fuerte y mentirle en la cara.
Pero la voz desesperada y suplicante de ese hombre, que le rogaba que le dijera la verdad, prometiéndole entre líneas que la iba a proteger, terminó de quebrarla.
Los ojos de Emilia se llenaron de lágrimas cristalinas, y cuando las avellanas se cruzaron con el mar un nudo se formó en la garganta de Adrian, quien no esperaba ver tanto dolor acumulado en esos herm