Cuando Marfil escuchó los suaves golpes en la puerta, su corazón se aceleró un poco. Caminó con paso sereno hasta abrir, y allí estaba Richard, con una chaqueta ligera y una botella de vino blanco en la mano.
—Hola —articuló él con una ligera sonrisa.
—Hola —respondió ella, esbozando una sonrisa cálida al ver la botella—. ¿Vino blanco?
—No quería llegar con las manos vacías —replicó.
—De acuerdo —soltó una risa nasal—. Pasa, por favor —le hizo un gesto para entrar, y él cruzó el umbral.
Marfil