La tregua con Alan estaba sellada, pero el cuerpo de Bianca seguía cargado con la tensión de quien acaba de desactivar una bomba con las manos desnudas. Caminó de regreso a la mansión a paso lento, intentando que el aire puro del jardín disipara el sabor amargo de la manipulación. Al cruzar el umbral de la habitación principal, el silencio la recibió como un manto protector.
Alessandro no estaba en el despacho de abajo. Estaba allí, esperándola.
Se había quitado el saco y el chaleco del traje