Unos días después de aquella tregua y del apasionado encuentro en la mansión, el ambiente en las oficinas corporativas del imperio Riva era una bomba de tiempo. Alessandro se encontraba sentado en su imponente escritorio del piso cuarenta, con la mandíbula apretada y la mirada gélida fija en la figura que tenía enfrente.
Emma entró al despacho sin siquiera llamar a la puerta. Con el rostro desfigurado por el enojo y una mezcla de desprecio, azotó una pesada carpeta de documentos internacionale