Mundo ficciónIniciar sesiónAlessandro Riva esbozó una pequeña y perfecta sonrisa satisfecha tras ver cómo Bianca estampaba su firma, firme y decidida, sobre la línea de puntos del documento.
El contrato sobre la mesa de caoba parecía el documento de una transacción comercial más, pero para él representaba la última línea de defensa contra el silencio que lo devoraba. Quizás la idea de contratar una madre de alquiler parecía una idea impensable para la mayoría, pero era justo lo que él necesitaba. Estaba harto, profundamente harto de vivir en esa enorme mansión completamente solo, un mausoleo de mármol y ecos donde sus propios pasos le recordaban el vacío de su existencia. Necesitaba desesperadamente algo de vida, un llanto, una risa, un ruido que rompiera la monotonía de su luto eterno. Tener un hijo siempre fue su mayor sueño, aunque en sus planes originales la madre no iba a ser una extraña. Él soñaba con que fuera *ella*. Imaginaba un hijo o una hija igual a ella, que heredara sus hermosos ojos verdes, su gracia natural y esa sonrisa inmaculada que solía iluminar los rincones más oscuros de su mente. Pero el destino tenía planes distintos, caóticos y crueles. Cuando ella se fue, él sintió que estaba destinado a la soledad y murió en su melancolía, apagándose un poco más con cada puesta de sol. Hasta que dijo basta. Ya no quería seguir hundiéndose. Quería cumplir su sueño a toda costa; quería que ella lo viera desde arriba ser feliz, que supiera que su partida no había terminado por destruir por completo el legado de lo que alguna vez planearon juntos. ¿Cuándo fue la última vez que fue feliz? El pobre hombre no lo podía ni siquiera recordar. La felicidad se había convertido en un concepto borroso, una palabra extranjera. A pesar de estar rodeado de empleados que se movían como sombras eficientes a su alrededor y de tenerlo todo en la vida —fortuna, respeto, poder—, cada día sentía como si la soledad lo estuviera arrastrando a un abismo del que no sabía cómo salir. El peso del vacío era una fuerza física. Sin embargo, algo muy dentro de él, un remanente de esperanza, le dictaba que ser padre y tener alegría corriendo por los pasillos de esta solitaria mansión lo traería a la vida de vuelta. Sería su ancla, su renacimiento. Fijó la vista en la candidata que esperaba al otro lado del escritorio. Y aunque los ojos verdes frente a él no eran los de su amada, aquella mirada era tan distinta. No había la calidez que él tanto añoraba; esta mirada no era dulce, ni amorosa, ni pretendía serlo. La mujer frente a él lo miraba de una forma indescriptible, con una fijeza felina, como si ella estuviera dispuesta a comerse al mundo y a cualquiera que se interpusiera en su camino. Esa ambición desmedida le daba, honestamente, una mala sensación. Un instinto primitivo en su pecho le advertía que retrocediera; no confiaba en ella, había algo calculador en la forma en que sostenía el lapicero. Pero intentó racionalizarlo: una mujer segura de sí misma no es mala para engendrar un heredero, y ella tenía un parecido aterrador, casi fantasmal, con su difunta esposa. Era la misma estructura ósea, el mismo tono de cabello, el mismo color de ojos, aunque la luz interior fuera diametralmente opuesta. Aferrándose a la urgencia de su propio vacío, él ignoró los detalles alarmantes en su extraño comportamiento. Decidió pasar por alto la frialdad de sus gestos y la tensión en su sonrisa formal. Al fin y al cabo, ella tenía el rostro del pasado y el vientre que aseguraría su futuro. Ella era, por derecho o por destino, justo lo que necesitaba. —Bienvenida a la familia Riva, señorita Bianca —declaró con su profunda voz de barítono—. Mi asistente, Alan, te acompañará de inmediato a tu hogar para ayudarte a recoger tus pertenencias y mudarte hoy mismo a la mansión. No me gustan las transiciones lentas. A Bianca se le congeló la sangre en las venas y sintió un vuelco violento en el estómago. Las alarmas en su cabeza se encendieron con una fuerza ensordecedora, destruyendo la fachada de aparente calma que tanto le había costado construir. Si permitía que ese sexy asistente de ojos azules pusiera un solo pie en su barrio, todo el castillo de naipes se vendría abajo en un segundo. Descubrirían los callejones oscuros, las fachadas agrietadas por la humedad, el olor a frituras baratas y, lo peor de todo, su verdadera identidad como la "Gatita", la bailarina estrella del club nocturno del que estaba escapando. Necesitaba guardar ese secreto a toda costa si quería conservar el dinero y la vida. —No. Rotundamente no —respondió Bianca de inmediato, interrumpiéndolo con una firmeza tan cortante que hizo que Alan parpadeara sorprendido, interrumpiendo su pulcro registro en la tableta. Alessandro entornó los ojos grises, fijos en ella como dos puñales que intentaban diseccionar sus intenciones. Bianca tragó saliva de forma invisible, mantuvo la espalda recta y extendió la mano hacia el escritorio, controlando el temblor de sus dedos delgados. —Agradezco el gesto, señor Riva, pero no es necesario en absoluto. Mi barrio... es una zona sumamente complicada y peligrosa para un auto de lujo como el suyo y para un asistente tan pulcro como el señor Alan. Prefiero hacer mis maletas y encargarme de mis asuntos a solas, sin testigos. Entrégueme el cheque de adelanto ahora mismo y, en dos días, volveré aquí con mis cosas listas para instalarme definitivamente. Alessandro desvió la mirada hacia Alan, buscando alguna señal, y luego regresó sus ojos grises a Bianca. El segundero del reloj de pared parecía sonar con la fuerza de un cañón. Aquella petición les pareció sumamente sospechosa a ambos hombres. ¿Qué clase de mujer educada de clase media exigía cien mil dólares en la mano y demandaba desaparecer por cuarenta y ocho horas antes de cumplir con la primera cláusula de convivencia? Sin embargo, el millonario, tras estirar dos dedos para alinear milimétricamente el bolígrafo de oro sobre su escritorio, asintió con una lentitud y le hizo una seña casi imperceptible a su asistente para que soltara el documento bancario. —Tienes dos días, Bianca —advirtió Alessandro con una voz que arrastraba una amenaza implícita—. Ni un minuto más. Si a la tercera mañana no estás en esta puerta, la policía te buscará por fraude.






