Bianca avanzó con pasos extremadamente lentos, casi flotando sobre el gélido mármol que reflejaba la luz plateada de la luna. El camisón de seda claro se adhería y se desprendía de sus piernas con un susurro imperceptible, cortando el aire con el compás hipnótico de sus caderas. Sin pedir permiso, desafiando el orden sagrado que él tanto defendía, se deslizó en el estrecho banco de madera, sentándose justo a su lado. Alessandro no se movió; se quedó petrificado, con los dedos suspendidos sobre