La madrugada avanzaba implacable cuando los faros de un taxi iluminaron brevemente la fachada de la imponente mansión Riva. Bianca bajó del vehículo arrastrando los pies, balanceándose sobre sus tacones y con una sonrisa traviesa dibujada en el rostro, completamente impregnada por el olor a diversión, las risas compartidas con Lola y una buena dosis de alcohol. Logró burlar la seguridad de la entrada con un saludo exagerado y cruzó el umbral principal a trompicones, sintiéndose la dueña del mu