La distancia entre sus rostros era absolutamente inexistente. Bianca podía sentir el calor abrasador y espeso que emanaba de la piel de Alessandro, un contraste violento, casi esquizofrénico, con la frialdad de sus palabras. Sus ojos verdes sostuvieron el gris de la tormenta de él, negándose a parpadear, negándose a mostrar el más mínimo rastro de sumisión o el temor que la imponente estatura del millonario solía infundir en los demás. Ella no era una de sus empleadas sumisas, ni una de las fr