A la mañana siguiente, la tensión en el despacho principal se podía cortar con un cuchillo. Alessandro estaba sentado detrás de su imponente escritorio, con la mirada fija en el documento que su equipo legal había redactado a primera hora. Frente a él, Bianca mantenía los brazos cruzados, con una expresión de absoluta negativa pintada en el rostro.
—No voy a firmar esa porquería, Alessandro —soltó ella, empujando el papel con la punta de los dedos—. Te lo dije ayer y te lo repito hoy: no tiene