La tensión que se había acumulado durante meses —una mezcla asfixiante de secretos, venganzas y deseos reprimidos— estalló con una violencia física en el instante en que Alessandro cerró la puerta de la sala privada. No hubo palabras de advertencia ni intentos de cordura. Sus labios se encontraron con los de Bianca en un beso que no buscaba consuelo, sino una destrucción mutua; era una colisión volcánica de dientes, lengua y una desesperación voraz que les cortaba la respiración. Alessandro la