Capítulo 11

Para Alessandro Riva, su casa era un templo de silencio y perfección matemática. Después de un día agotador lidiando con tiburones de los negocios en la empresa, lo único que esperaba al cruzar la puerta de su mansión era paz, orden y que nada estuviera fuera de su sitio.

Llegó a las siete de la noche en punto. Alan le abrió la puerta y Alessandro caminó hacia la sala principal, aflojándose un poco el nudo de su corbata de seda. Traía el ceño fruncido y esa presencia imponente de hombre rudo
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