Los primeros días en el campamento de la Luna Plateada fueron una neblina de dolor, confusión y una extraña y creciente maravilla para Sarah. El Rey por un momento pensó asignarles una cabaña pequeña, cálida y con olor a pino y a tierra, pero prefirieron dejarlos en el caserón y acunarlos como una verdadera familia y parte de ella. La manada, a pesar de su naturaleza imponente y salvaje, se esforzaba por mostrarles amabilidad y un cariño de familia, aun siendo niños apenas adoptados por ellos.