Darragh no rompió el vínculo visual cuando lamió a su Luna en medio de los pliegues humedecidos por la excitación. Ella se aferró al sofá con una mano hasta que sus garras —que ni supo cuándo se asomaron— se enterraron en el mueble; con la otra aprovechó abrir el sujetador que tenía el broche en el medio y sus pechos rebotaron con el movimiento.
El lobo la encontraba hermosa, cada noche más bella que la anterior. Su erección dolía de lo apretujada que estaba en el interior de su pantalón, pero