La loba gritó bajito cuando Darragh comenzó a penetrarla. Su erección era grande y presionaba en su sexo al entrar; ella lo recibía y apretaba. Gia no supo si podría acostumbrarse a una tamaño tan grande sin quejarse de dolor, pero el placer estaba ahí en cada centímetro del hombre que se enterraba en ella y la hacía arquear la espalda y gritar de placer.
Darragh clavó las garras en el colchón. Su Luna era tan estrecha que supo que cada noche con ella sería un reto para demostrarle que era un al