Gianna tomó otra uva del bol y pasó las páginas de la revista que hojeaba mientras estaba sentada al borde de la cama. La ventana abierta dejaba entrar una brisa fresca, acompañada del canto de las aves y el relajante murmullo del mar.
La pelirroja se estaba adaptando rápido a las impuestas vacaciones. Ya casi ni recordaba por qué había pensado que eran peligrosas o, mejor dicho, intentaba pensar lo menos posible en el mensaje de la oráculo y la verdadera identidad de sus enemigos.
El día había