Daniel respiró hondo, no podía culparla por mostrarse reticente, e incluso la entendía si lo mandaba a freír espárragos. A penas llegaban y ya debían enfrentarse a otro disparate de Ivette. Se paró detrás de la joven, sopesando qué decir.
—Kat, confía —sus miradas se encontraron a través del espejo—. Confía en mí, no lo permitiré. —Se acuclilló a su lado obligándola a girarse para verlo.
»Te amo. —Aquellos ojos azules, nobles y hermosos que la hacían naufragar sin temor, le confirmaban lo que d