La seda de la venda acariciaba la piel de Sofía como una promesa, suave y ligera, mientras Estuardo la guiaba lentamente al interior de la habitación. Sus manos, firmes y cálidas sobre sus hombros, transmitían una seguridad que, después de tantas desilusiones, le parecía casi inalcanzable.
El aroma a rosas y vainilla llenaba el aire, envolviéndola en una fragancia delicada, mientras que el toque terroso que emanaba del traje de Estuardo añadía una nota masculina, familiar, que hacía palpitar s