—¡¿Dónde está mi esposa?! —Roger agarró a Anderson del cuello y el rostro del viejo comenzó a enrojecerse por la falta de oxígeno—. ¡Habla!
—No puede hablar si lo matas —le dijo su suegro y Roger aflojó un poco el agarre.
Cuando Anderson logró ingresar oxígeno en sus pulmones, en lugar de verse asustado comenzó a reírse a la vez que tosía.
—¿Te abandonó de nuevo tu esposita? —se burló y Roger no pudo aguantar propinarle un derechazo en el rostro.
Anderson ni siquiera hizo el intento de defender