—¿Pensabas que iba a permitir que me hicieras esto y no pagarías las consecuencias? —le dijo Natalie y le mostró los dos huecos vacíos en su dentadura.
Elizabeth estaba asustada, pero tanto era el odio hacía esa mujer que no pudo evitar burlarse.
—No hacia falta llegar al secuestro, siempre hago obras de caridad con los menos favorecidos, podría haberte pagado el dentista. Hasta dos dientes de oro te habría puesto.
—Yo no soy tu obra de caridad, gorda apestosa, pero tú sí eres mi rehén —dijo Na