—¿Qué vas a querer? —gruñó Alexander cada vez más malhumorado y sin poder disimular lo incómodo que se sentía con aquella situación.
Roger no es que se sintiera mejor.
El plan «seducir a la pulga» no estaba yendo como ellos querían.
Pensó que el hombrecillo iba a ser más fácil, pero ya habían perdido toda la mañana y ese engendro del demonio no había soltado nada que sirviera.
—Me gustaría mucho comer un helado, con chispas de chocolate —comentó Bastian como si no lo hubieran llevado a desayuna