Aquellas caricias se intensificaron, y por un instante, Dylan no pudo detenerse. Era como si aquel beso tuviera un poder electrizante, incapaz de resistir el impulso. Ambos cayeron sobre la cama, consumidos por el deseo. Él siguió besándola, sus manos se deslizaron hasta su cintura, abrazándola con más fuerza, acercándola a su cuerpo.
Dylan llevó sus labios al cuello de Marella, quien dejó escapar un jadeo entrecortado. Pero, de pronto, comenzó a reír. Con una sonrisa algo borrosa, ella acarició